La caricatura de esta semana muestra a Donald Trump ocupando casi todo el plano, con una cuchara en una mano y un tenedor en la otra, como si estuviera a punto de servirse. Tiene los ojos cerrados y una sonrisa dura, más de satisfacción que de calma. Abajo aparece un pastel con crema y grageas, y sobre esa superficie corren figuras negras diminutas, gente que se dispersa como en estampida. Dos banderas clavadas en la crema (Venezuela y Groenlandia) funcionan como señales directas de la coyuntura.
La escena dialoga con el arranque de 2026. En Venezuela, la detención de Nicolás Maduro abrió una crisis política inmediata y una discusión internacional sobre el alcance de la acción estadounidense y sus consecuencias regionales. En paralelo, Trump volvió a insistir en que Estados Unidos debe “poseer” Groenlandia por razones de seguridad en el Ártico, con argumentos que han sido cuestionados por verificaciones y por autoridades groenlandesas y danesas.
Por eso los cubiertos importan. La cuchara y el tenedor se leen como instrumentos de consumo, no de negociación: el gesto es el de quien reparte porciones desde arriba. Los ojos cerrados empujan otra idea: decisiones tomadas sin mirar el panorama completo, sin ver a quienes están “dentro” del pastel. Y las siluetas corriendo aterrizan la metáfora: detrás de los mapas y las banderas hay personas que, en este dibujo, no debaten ni votan ni deciden. Solo corren para no ser aplastadas.
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El pastel también tiene memoria histórica: sugiere ese impulso de volver el mundo una mesa donde se parte y se reclama. La caricatura no dice que la historia se repita igual, pero deja una incomodidad clara: cuando el poder se mueve con apetito, ¿quién termina pagando la cuenta?
