Un recuerdo íntimo y mi despedida a Manuel “Mane” Riveira: el amigo, el hermano y el hombre que tenía el raro don de unir a las personas, de reconciliar mundos distintos y de tejer amistades que terminaron marcando la vida pública del país. Hay recuerdos que se quedan grabados para siempre. Para mí, uno de ellos es ese Renault 6 en el que nos metíamos todos como podíamos, con la guitarra de Carlos Vives entre las manos, rumbo a la casa de nuestras amigas Lina y la Tata.
Allí nos sentábamos a parchar, a conversar y a oír a Carlos cantar cuando todo apenas comenzaba. En medio de esas noches y de esa vida sencilla de los años noventa estaba siempre Mane. Manuel Riveira. El novio de una de mis mejores amigas, la Tata Correa, y con el tiempo uno de mis amigos más cercanos, uno de esos amigos que la vida te regala y que terminan siendo familia.
Hoy puedo decir, porque lo vi de cerca, que Mane fue una pieza fundamental para que Carlos Vives empezara a sonar en el vallenato y para que ese proyecto tomara forma. Mane creía en él, lo defendía, lo movía, lo empujaba. Era de esos amigos que se entregan por completo cuando creen en alguien. Pero más allá de la música, Mane fue un amigo profundo. De esos con los que se puede hablar de todo.
Tenía una sensibilidad muy especial, le fascinaba la poesía, era un gran lector y tenía una memoria prodigiosa para las historias y para los personajes que habían pasado por su vida. Tenía además una capacidad muy particular: unir personas. Mane lograba sentar en la misma mesa a gente que uno nunca hubiera imaginado reconciliar. Tenía el don de entender a los demás y de tender puentes. De alguna manera fue también un gran manager de amistades.
Muchas de esas relaciones que él cultivó con inteligencia y generosidad hoy están representadas en actores muy importantes de la política y de la vida pública del país. Mane tenía una intuición especial para leer el momento del país y entender a sus protagonistas. Fue también un hombre profundamente leal. Amigo de sus amigos. Por eso la separación con Carlos, cuando él decidió tomar otro rumbo y apartarlo de su vida profesional, le dolió mucho. No por el trabajo, sino por el vínculo humano que él siempre había cuidado.
Mane tenía las raíces samarias profundamente arraigadas. Defendía sus ideas con pasión y hablaba de la vida, del país y de las personas con una mirada intensa, reflexiva y muy aguda, y con una sinceridad que a veces incomodaba, pero que siempre nacía de su profundo sentido de la verdad. A lo largo de los años compartimos momentos muy especiales. Mane se volvió también amigo de mi esposo y de mis hijos, con quienes construyó una relación cercana y entrañable.
Estuvo presente en distintas etapas de mi vida; siempre había una palabra, un consejo o una conversación profunda. Me acompañó en momentos muy importantes de mi vida, tanto en los felices como en los más difíciles. Mane fue un guerrero hasta el final. Se fue rodeado del amor y el cuidado de su familia, en su tierra natal, Santa Marta, el lugar al que siempre perteneció.
Hoy despido a mi amigo del alma. A sus hermanos, y especialmente a mi querida Rosi, que estuvo siempre pendiente de él, les envío un abrazo del alma.
Adriana Bernal Salgado
