Colombia no está apática. Está cansada.
Eso es lo que deja la más reciente encuesta de Invamer, más allá de porcentajes y gráficas. El punto no es si la gente quiere votar, sino por qué.
Más del 70 % dice que iría a las urnas si hoy hubiera presidenciales. Pero solo uno de cada cinco cree que el país va por buen camino. La mayoría siente a Colombia atrapada entre la inseguridad, la incertidumbre económica y una política que promete más de lo que cumple.
Este no es un país resignado. Es un país desencantado.
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Petro resiste en cifras, pero no ordena el ánimo
Gustavo Petro llega al tramo final con un empate técnico. La aprobación ronda el 49 % y la desaprobación el 46 %. No es desplome, pero tampoco es liderazgo sólido.
Esa aprobación no se traduce en optimismo ni en confianza institucional. Petro aguanta en números, pero no alinea el ánimo. Y cuando el ánimo no acompaña, el respaldo se vuelve frágil, condicionado, transaccional.
Por eso, aunque una mayoría relativa votaría por alguien cercano al gobierno, ese apoyo no es lealtad. Es inercia política, y la inercia se rompe fácil.
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Iván Cepeda aparece como favorito en casi todos los escenarios. Lidera la primera vuelta y gana segundas vueltas con márgenes amplios. Su fuerza no está en el carisma ni en la novedad. Está en el alineamiento.
Concentra el voto del oficialismo y el voto disciplinado que no quiere devolverle el poder a la oposición. Es el heredero funcional del petrismo, no su versión épica. Eso le da estructura, pero también un límite. Si la elección se vuelve emocional, ese liderazgo puede tensionarse.
El centro sigue ahí, alrededor del 20 %. Sergio Fajardo mantiene imagen favorable y compite en algunos escenarios. El problema no es reputación. Es relato. En un país cansado, la moderación sin narrativa se diluye. Hay electores, pero no hay fuego.
La derecha crece en identidad. Más colombianos se reconocen de derecha, pero ese crecimiento aún no se traduce en un liderazgo que capitalice el bloque. Hay reacción y hartazgo. Falta conducción.
La seguridad vuelve a mandar
El dato más revelador no está en los candidatos, sino en las preocupaciones. El orden público vuelve a ser el principal problema. No es casual que las Fuerzas Militares tengan la favorabilidad más alta entre las instituciones.
Colombia no está pidiendo discursos. Está pidiendo control. No necesariamente autoritarismo, pero sí Estado presente, claridad y autoridad legítima. La paz total empieza a pasar factura en la percepción ciudadana.
La advertencia es simple. Nadie está enamorando al país. Hay voto por descarte, voto defensivo, voto en contra. Por eso la campaña final, los errores, los silencios y los hechos de seguridad pueden mover la balanza de forma abrupta.
Colombia no llega polarizada a 2026. Llega cansada. Y cuando un país llega cansado, no vota por ideología. Vota por sensación de rumbo.
