No es un sonido que se deje encasillar con facilidad. Antes de que alguien diga “cumbia”, lo que aparece es otra cosa: una guitarra que arrastra humedad, un pulso que parece venir de la espesura. Así suenan Los Mirlos, una agrupación que convirtió la selva en lenguaje musical y que, más de cinco décadas después, sigue defendiendo ese origen en escenarios donde la música también se piensa.
Lea: Bogotá celebra cinco años de BIME y se consolida como capital musical
Han llegado a Colombia —un país que dicen querer profundamente— para celebrar el aniversario del BIME. Están contentos, repiten, por la invitación y por la posibilidad de compartir su historia en un espacio donde confluyen artistas, periodistas y productores. Para ellos, es un lugar clave: allí “se mueve todo este medio”, allí la música no solo se escucha, también se articula.
Pero la historia que traen no nació en estos circuitos. Se gestó mucho antes, en la Amazonía peruana. Jorge Rodríguez Grández creció entre instrumentos: su padre tocaba acordeón y bandoneón, y la música era parte del paisaje cotidiano. A esa memoria se sumaron las radios de onda corta que llevaban hasta la selva sonidos colombianos. Ese cruce —lo local y lo lejano— terminó por moldear una sensibilidad.
En los años setenta, cuando la cumbia ya viajaba por América Latina, Los Mirlos tomaron esa raíz y la transformaron. En 1973, con su primera producción en Lima, apareció una propuesta distinta: una cumbia atravesada por guitarras eléctricas, por efectos psicodélicos, por una intención clara de traducir el territorio en sonido. La llamaron —o fue llamada— cumbia amazónica psicodélica.
Así suenan Los Mirlos
Desde entonces, han sostenido una idea: la música no tiene fronteras. La cumbia, dicen, puede cambiar de forma en cada país, pero todas sus versiones conviven. En su caso, la identidad está en la guitarra, en ese sonido que el público reconoce y que, según ellos, tiene algo hipnótico.
Esa fidelidad no ha significado quietud. A lo largo de su trayectoria han visto cómo sus canciones viajan, se versionan, se reinterpretan en otros estilos. Lo entienden como una hermandad musical. Hoy, además, ese intercambio se amplifica con las redes, que permiten que su música circule sin las limitaciones de antes.
En ese mismo espíritu aparece The World Mix Los Mirlos, un proyecto que reúne a artistas de distintos países en doce canciones donde cada uno aporta su identidad. Más que una estrategia, es una forma de diálogo: mantenerse vigentes sin perder raíz.
Porque si algo tienen claro, incluso después de medio siglo, es que ese sonido nacido en la selva no debe desaparecer. Debe seguir vivo, expandiéndose, encontrando nuevas formas de habitar el mundo.
Y, sin embargo, más allá de los escenarios y las colaboraciones, hay otra dimensión que sostiene todo: la familiar. Los Mirlos no son solo una banda, sino una estructura que se hereda.
También puede leer: ¿Cómo ganar boletas para el concierto de Karol G?
Hijos que hoy gestionan, tocan, producen; nietos que empiezan a asomarse al estudio como si la música fuera un idioma aprendido desde antes de hablar. Allí, entre decisiones compartidas, desacuerdos que se resuelven conversando y una lealtad que también se extiende a los músicos que los han acompañado durante décadas, se configura una idea clara: esto no es solo un proyecto artístico, es una continuidad. Una forma de asegurar que la cumbia amazónica psicodélica no se diluya, que el sonido siga pasando de mano en mano, como una memoria viva.
