Desde el 1 de enero de 2026, Colombia inició su periodo 2026-2027 como miembro no permanente del Consejo de Seguridad de la ONU. Fue elegida en junio de 2025 con 180 votos de 188, un respaldo amplio, y ocupa este asiento por octava vez. El hecho central para la política exterior es práctico: durante dos años el país tendrá voz y voto en discusiones y resoluciones sobre conflictos armados, crisis humanitarias, misiones de paz y otras amenazas a la seguridad internacional.
Oportunidades para la política exterior
El primer beneficio es de incidencia multilateral. Estar en el Consejo permite intervenir en la redacción de resoluciones, construir alianzas y negociar posiciones con otros Estados, incluso cuando el resultado final dependa del equilibrio entre potencias con derecho a veto.
El segundo es temático. Colombia puede proyectar su experiencia en construcción de paz y posconflicto como insumo para debates sobre protección de civiles, desarme, reincorporación y verificación internacional. Si esa narrativa se maneja con cuidado, también puede fortalecer apoyos alrededor de la implementación del Acuerdo de 2016 y de la Misión de Verificación de la ONU en el país, que es uno de los puntos donde la política exterior y la política interna se tocan de manera directa.
Un tercer frente es la agenda que el gobierno ha venido señalando: seguridad humana, cambio climático, enfoque sobre políticas de drogas y participación en discusiones de reforma del multilateralismo. El riesgo, eso sí, es intentar abarcar demasiado y terminar con posiciones dispersas.
Riesgos y costos
El Consejo impone límites claros. Colombia no tiene veto y, en crisis altamente polarizadas, el margen de maniobra suele reducirse. Además, la membresía aumenta la exposición a presiones diplomáticas: cada voto puede generar lecturas de alineamiento o distanciamiento frente a socios clave.
También hay un costo operativo. Mantener equipos capaces de responder a coyunturas en Nueva York exige recursos, coordinación interinstitucional y disciplina de mensaje. Un error de forma (un voto mal explicado, una frase innecesaria, una abstención sin contexto) puede convertirse en problema político interno.
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El cruce con el ciclo electoral de 2026
Un elemento sensible es el calendario: el asiento coincide con la campaña de Congreso y Presidencia en 2026. En ese entorno, decisiones internacionales pueden ser usadas como argumento doméstico. Y hay un punto especialmente delicado: en junio de 2026 Colombia tendrá la presidencia rotativa del Consejo, lo que incrementa visibilidad y obliga a mayor precisión.
Continuidad y coherencia
El mandato atraviesa el cierre de un gobierno y el inicio del siguiente. La credibilidad en el Consejo se construye con consistencia: principios claros, capacidad técnica y una línea estatal que no cambie según el clima electoral. Esa será la prueba más exigente de este periodo.
