La captura de Nicolás Maduro por fuerzas especiales de Estados Unidos en la madrugada del 3 de enero de 2026 constituye un hecho sin precedentes en la historia moderna de América Latina. Más allá del impacto inmediato en Venezuela, el operativo militar, precedido por bombardeos selectivos en Caracas y otros puntos estratégicos, abre un debate profundo sobre democracia, soberanía, legalidad internacional y el nuevo rol de Washington en la región.
La comparación histórica más cercana es la captura de Manuel Noriega en Panamá en 1989, pero incluso ese antecedente resulta insuficiente para dimensionar lo ocurrido. A diferencia de aquella intervención, que derivó en una guerra breve y una ocupación militar, la operación contra Maduro fue rápida y tecnológicamente sofisticada, sin despliegue terrestre convencional y con una extracción directa.
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Desde la óptica de Washington, la acción se justifica por los cargos de narcotráfico y conspiración narcoterrorista que pesan sobre Maduro desde 2020, así como por la tesis de que Venezuela se convirtió en un narcoestado. Sin embargo, en el plano internacional, la operación rompe uno de los pilares del derecho internacional: el respeto a la soberanía nacional, lo que explica las reacciones encontradas de gobiernos y organismos multilaterales.
En este contexto, el politólogo y exsenador colombiano Alfredo Rangel Suárez en dialogo con KienyKe interpreta la caída del chavismo como una victoria histórica. “La caída de Nicolás Maduro la estábamos esperando todos los demócratas en Venezuela, en Colombia, en América Latina y en el mundo entero”, afirma. Para Rangel, el futuro inmediato del país dependerá del comportamiento de las Fuerzas Armadas venezolanas, pues de ellas dependerá si la transición será pacífica o violenta.
El exsenador subraya que ya existen pronunciamientos de altos mandos militares en favor de la democracia y en contra del régimen, lo que considera un avance clave. Desde su visión, el derrocamiento de Maduro no solo marca el final de una dictadura, sino que puede convertirse en un ejemplo regional, con efectos en países como Cuba y Nicaragua. “Toda dictadura llega a su fin y la democracia prevalecerá”, sostiene, en una lectura optimista del nuevo escenario.
Esa visión contrasta con la postura proporcionada a KienyKe de Martha Ardila, docente investigadora de la Universidad Externado, experta en Venezuela y política exterior latinoamericana. Para Ardila, la salida de Maduro no disipa la crisis venezolana, sino que la complejiza aún más. “Venezuela atraviesa una crisis multidimensional que afecta lo económico, lo social y lo humanitario”, advierte, al tiempo que alerta sobre el precedente peligroso que deja una intervención militar extranjera directa.
Uno de los focos de mayor preocupación, según Ardila, es Colombia, país que comparte con Venezuela una frontera de 2.219 kilómetros, atravesada por dinámicas migratorias, economías ilegales y grupos armados. Más de un tercio de la población venezolana vive fuera de su país, y una parte sustancial se encuentra en territorio colombiano. Un escenario de inestabilidad prolongada podría provocar nuevos flujos migratorios masivos, pese a la militarización ordenada por el gobierno de Gustavo Petro.
A esto se suma un problema estructural de seguridad regional: el crimen organizado transnacional y la presencia del ELN, una guerrilla de carácter binacional que ha aprovechado históricamente la debilidad institucional venezolana. En este punto, la caída de Maduro no garantiza una mejora automática; por el contrario, podría abrir vacíos de poder aprovechables por actores armados.
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Frente a este panorama, Ardila insiste en la necesidad de una salida multilateral. Aboga por elecciones rápidas, con acompañamiento de organismos como la ONU y la OEA, y destaca que Colombia, como miembro del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, puede desempeñar un papel clave. Una respuesta coordinada, sostiene, ayudaría a devolver legitimidad al multilateralismo y a evitar que la crisis venezolana se convierta en un conflicto regional de largo aliento.
Así, la captura de Nicolás Maduro se mueve entre dos lecturas opuestas: la esperanza de una transición democrática histórica, como plantea Rangel, y el riesgo de una desestabilización profunda, como advierte Ardila.
El desenlace dependerá no solo de lo que ocurra dentro de Venezuela, sino de si la comunidad internacional logra transformar un acto de fuerza sin precedentes en una salida política legítima, pacífica y sostenible para toda América Latina.
