El Gobierno citó para este martes 13 de enero, a las 3:00 p. m., a la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores (CARE). El encuentro, en la Casa de Nariño, se concentra en dos frentes: la relación con Estados Unidos y la situación en Venezuela, marcada por la captura de Nicolás Maduro tras una intervención estadounidense a inicios de mes.
Qué es la CARE y qué puede hacer (y qué no)
La CARE existe desde la Ley 68 de 1993 y funciona como un órgano consultivo del Presidente. La integran los expresidentes elegidos por voto popular, seis congresistas (de las Comisiones Segundas del Senado y la Cámara) y dos miembros designados por el mandatario
Su límite es el mismo de su diseño: sus recomendaciones son no vinculantes. Puede ordenar una conversación, abrir un canal con la oposición y sugerir rutas diplomáticas, pero no obliga al Ejecutivo.
El primer problema: la unidad se rompe antes de sentarse
La CARE se vende como espacio de “posición de Estado”, pero depende de que sus miembros quieran jugar ese partido. Ya hay ausencias anunciadas: el expresidente Andrés Pastrana dijo que no irá por estar fuera del país, y el expresidente Álvaro Uribe también comunicó que no asistirá, aunque habló de mantener contactos institucionales con la Cancillería.
Sin varios expresidentes en la mesa, el mensaje de consenso pierde fuerza y el encuentro corre el riesgo de quedarse en foto.
El segundo: personalismo y poco “músculo” técnico
Por su composición, la CARE tiende a reflejar el pulso político del momento: viejas rivalidades, cálculos electorales, cuentas pendientes. Y aunque puede invitarse gente con experiencia, no es un espacio pensado para que pesen, de entrada, equipos técnicos o visiones especializadas de forma estable.
Ese vacío lo han señalado voces académicas como la politóloga Sandra Borda, que ha cuestionado la utilidad práctica de la Comisión y ha planteado que el país debería replantear ese mecanismo.
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El tercero: intermitencia, reserva y utilidad real
La CARE se convoca poco y, a veces, tarde: aparece cuando la crisis ya está encima. Además, sus reuniones suelen ser reservadas, lo que limita la posibilidad de que la ciudadanía entienda si hubo acuerdos concretos o solo catarsis política. El antecedente de 2025, cuando se canceló una sesión informativa por decisión presidencial, dejó claro que la Comisión puede quedar en segundo plano si el Gobierno no la considera necesaria.
En esta coyuntura, la CARE puede servir como termómetro: si logra mínimos comunes sobre frontera, seguridad y canales diplomáticos, suma. Si se vuelve un escenario de vetos y discursos cruzados, confirmará su problema de fondo: mucha simbología y poca capacidad de producir una línea compartida cuando más se necesita.
