Todo quedó grabado en una frase aparentemente menor: “Va a salir el video de las bodegas”. Y, como respuesta, otra sentencia igual de reveladora: “Revise bien esa información”.
No fue un error técnico. Fue una confesión de época.
Porque hoy la política ya no se libra en plazas públicas ni en debates de ideas, sino en bodegas: fábricas de ruido, call centers del odio, granjas de bots, cuentas falsas y perfiles coordinados que simulan indignación, apoyo, tendencia, escándalo y hasta encuestas emocionales.
Y no, no son patrimonio de nadie. No son de izquierda, no son de derecha, no son de centro. Son del poder, de todo el que quiera manipular la conversación pública sin dar la cara.
Las bodegas se convirtieron en la nueva industria nacional. Operan 24/7, sin descanso, sin escrúpulos y sin identidad. No piensan, replican. No argumentan, atacan. No contrastan, destruyen. No informan, intoxican.
Allí no se construye país: se fabrican percepciones.
Inflan liderazgos que no existen; derrumban reputaciones con mentiras virales; instalan narrativas falsas que luego los medios terminan “verificando”. Simulan mayorías, distorsionan encuestas, convierten el insulto en argumento y la burla en ideología.
En Colombia ya no hay debate político: hay turnos. Turno de ataque, turno de defensa, turno de tendencia.
Ya no se discuten modelos de país, sino quién logra imponer primero el hashtag del día. No se confrontan ideas: se disparan etiquetas. No se busca convencer: se busca cancelar.
La paradoja es grotesca. Todos dicen condenar las bodegas, pero todos las usan. Todos hablan de ética, de democracia, de respeto por la verdad, mientras pagan, toleran o celebran ejércitos anónimos que hacen el trabajo sucio que nadie quiere firmar.
Así, la política se volvió una guerra de pantallas, no de propuestas; una batalla de emociones fabricadas, no de argumentos; una competencia de ruido donde gana el que grita más, no el que piensa mejor.
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Y en medio de ese lodazal quedan los ciudadanos reales: confundidos, saturados, polarizados, exhaustos. Sin saber qué creer, sin saber a quién escuchar y, sobre todo, sin espacio para la reflexión.
Porque cuando la conversación pública es secuestrada por bodegas, la democracia deja de ser deliberación y se convierte en manipulación emocional.
Hoy vivimos en la República de las Bodegas: un país donde los bots opinan más que los expertos; donde los perfiles falsos pesan más que las ideas reales; donde la mentira coordinada corre más rápido que la verdad comprobada.
Y mientras tanto seguimos esperando debates, programas, visiones de futuro. Pero lo que recibimos son insultos en serie, campañas sucias y guerras digitales que no construyen nada.
En esta industria del ruido, el ciudadano ya no vota, reacciona. No analiza, repite. No elige con información: decide con emociones inducidas.
Ese es el verdadero daño de las bodegas. No solo desinforman: deforman la democracia.
