Habíamos entrado en 1988, un año en el que fue una fortuna haber vivido en aquella región del mundo. El año del dragón, acabado además en doble ocho, para las creencias de China el no va más de buen auspicio.
Según los antiguos estudiosos de aquel país el dragón encarna el origen del hombre y, quizá, el origen de la vida, nacida en el seno de las aguas. Y el ocho es el número más afortunado, puesto que al pronunciarlo suena parecido a “prosperidad” o “fortuna”. Los chinos admiran de este número, entre otras cosas, su perfecta simetría. Se puede cortar de manera vertical u horizontal y al reflejarlo en un espejo volverá a su forma original.
El dragón es el quinto signo de su horóscopo y el único animal fantástico de toda la fauna que integra su zodíaco. Los chinos, el pueblo más pragmático del mundo, con los pies sobre la tierra en el momento de afrontar cualquier problema, reservaron para este animal mitológico toda la fantasía de que son capaces. Pocas cosas pueden hacer más felices a unos padres chinos que el nacimiento de un hijo bajo el signo del dragón, por lo que aquel año se dispararon los índices de natalidad, como suele suceder cada doce años.
Y por lo que se refiere al número ocho, solo un ejemplo. Aquel año se inauguró la sede del Banco de China en Hong Kong, un imponente rascacielos de setenta y dos pisos, que se levanta en el corazón de la isla como símbolo del poderío económico de la que era entonces la gran potencia emergente. Una obra, como todo allí, llena de simbología y sobreentendidos, inspirado su diseño en una de las plantas ancestrales de la cultura china: el bambú. La elegante caña de esa planta, dura y flexible al mismo tiempo, encarna esos dos atributos que se le suponen al hombre recto. Pues bien, un edificio tan emblemático tenía que abrirse oficialmente a las ocho y ocho minutos del octavo mes de aquel 1988.
Me correspondía, pues, narrar por televisión para España los hechos de un mundo en ebullición capitalista pero lleno de sutilezas y alegorías fascinantes como aquellas. El año apenas comenzaba cuando los teletipos lanzaron una noticia que me llevó a Taiwán, un territorio chino que es algo más que una isla en el estrecho del mismo nombre.
Taiwán es un conflicto, un enigma político. Acababa de morir su presidente, Chang Chengkuo, y había que cubrir su funeral, y de paso refrescar un poco de la historia de aquella entidad. Si la llamo país no lo aceptarían los chinos continentales, y si la llamo provincia china se ofenderían los taiwaneses.
De ambos lados, tanto del continente como de la isla, los respectivos gobiernos de Pekín y de Taipéi, afirma cada uno ser el legitimo representante de China. Aquí se refugiaron los nacionalistas chinos después de perder en 1949 la guerra civil contra el comunismo, y su resistencia numantina terminó por establecerun particular estatus político que no tiene igual en ninguna otra parte del mundo.
El presidente recién fallecido era hijo de Chiang Kaigshek, el general nacionalista derrotado por Mao Tsetung. Aquí se refugió Chiang Kaigshek con sus militares y su gobierno y Taiwán poco a poco, fue perdiendo respaldo internacional. Aquel año, apenas un puñado de países –algunos latinoamericanos y algunas islas del Pacífico— reconocían al gobierno de Taipéi como legítimo representnte de China.
Pero la isla tenía una pujanza económica envidiable. Junto con Corea del Sur, Singapur y Hong Kong intergraba el grupo entonces conocido como los Cuatro Tigres Asiáticos, una generación de nuevos países industrializados que en el contexto de la Guerra Fría hasta 1990, demostraron un crecimiento en calidad, cantidad y bajo precio en los productos que lanzaron al mercado internacional.
El viaje a Taiwán, territorio chino al fin y al cabo, no podía dejar de depararme algunas sorpresas. El reportaje sobre el funeral de Estado dejó tan satisfechos a los integrantes del equipo local que me acompañó, que decidieron festejarlo con una cena a base de carne de perro, invitación que decliné amablemente.
A cambio, me propusieron asistir a la boda de la secretaria de la empresa. Me sorprendió la deferencia de todos con aquella empleada, y lo espléndido y abundante del banquete nupcial.
Cuando vi por primera vez la máquina de escribir que manejaba aquella chica y la destreza que se requería para imprimir en un rollo de papel los caracteres chinos, comprendí las razones del aprecio que todos le manifestaban. Sin su habilidad la empresa se paralizaba. Nunca antes me había planteado cómo sería una maquina de escribir en China.
Los ideogramas salían y entraban de su diminuta celda mediante el manejo de una palanca similar a la de cambios en un coche de la época. Las bandejas con las celdas conteniendo los tipos para imprimir eran varias, y los caractres en cada bandeja podían llegar al millar. Si se tiene en cuenta que el nivel medio de manejo de una persona educada es de unos dos mil caracteres pero que es normal encontrar a quien maneja 20.000 y más, se comprenderá la complejidad del artilugio.
Admito que fue pura casualidad que el destino escogiera el comienzo de aquel año auspicioso para la muerte de Chang Chengkuo, pero el rumbo de Taiwán cambió a partir de su desaparición y la “provincia rebelde”, como la llamaba el Gobierno de Pekín, emprendió a partir de entonces el camino de la democracia plena.
Un año del dragón diferente, 1976, también cambió el rumbo de China continental, como veremos más adelante.
