Jerome Sanabria: la joven que convirtió una historia familiar en una causa nacional
Por Adriana Bernal - Kién es Kién
Hay entrevistas en las que uno descubre al personaje. Y hay otras en las que descubre a la persona. Con Jérome Sanabria ocurrió lo segundo. Detrás de la joven que millones conocen por explicar el sistema pensional, debatir con cifras y participar en una de las discusiones públicas más intensas del país, hay una mujer de apenas veinte años que encontró en las dificultades el impulso para construir su propio camino. Su historia no comienza en el Congreso ni en un estudio de televisión. Comienza en una casa del sur de Bogotá, en una familia trabajadora y en un colegio donde aprendió demasiado temprano que la vida también pone pruebas que terminan moldeando el carácter.
Nació en San Cristóbal y allí transcurrió prácticamente toda su infancia. Habla con orgullo de su barrio y de una realidad muy distinta a la que muchos imaginan cuando ven la seguridad con la que hoy interviene en el debate nacional. Creció viendo a sus padres salir a trabajar todos los días, entendiendo que las oportunidades no llegaban solas y que estudiar era el único camino para abrir puertas. Nunca sintió vergüenza de sus orígenes. Al contrario. Hoy los convierte en una parte fundamental de su identidad porque está convencida de que conocer las dificultades desde adentro le permitió entender mejor las necesidades de miles de colombianos.
Sin embargo, esos primeros años no fueron fáciles. Durante buena parte de su niñez fue víctima de bullying. Se burlaban de su voz, de su nombre, de las gafas que debía usar y del parche que necesitaba por un problema de estrabismo. Le escondían los cuadernos, le halaban el cabello, dañaban sus útiles escolares y, como recuerda con tristeza, hasta destruyeron el cuaderno de Maluma que guardaba como uno de sus mayores tesoros. Lo más difícil no era llegar llorando a la casa. Era sentir que nadie hacía realmente algo para detenerlo. Mientras muchos esperaban que respondiera con la misma agresividad, ella optó por el silencio porque le aterraba recibir una anotación disciplinaria. Hoy sonríe cuando recuerda esa etapa, pero reconoce que durante años fue una carga emocional muy fuerte.
La vida comenzó a cambiar cuando su mamá tomó una decisión que terminaría marcando su destino: cambiarla de colegio. Allí encontró un ambiente completamente distinto. Pasó de sentirse señalada a descubrir que podía liderar, participar y sobresalir académicamente. Se convirtió en personera estudiantil, hizo amigos, fortaleció su confianza y entendió que el conocimiento podía convertirse en su mejor herramienta. Ese nuevo escenario despertó una disciplina que hoy sigue siendo una de sus mayores fortalezas. Estudiar dejó de ser únicamente una obligación escolar para convertirse en una pasión.
Quizá por eso sorprende la serenidad con la que enfrenta las críticas en redes sociales. Mientras muchos responden al odio con más odio, Jérome hace una reflexión que pocas personas de su edad alcanzan a construir. Está convencida de que el bullying que sufrió durante la infancia terminó preparándola para la exposición pública. Dice que entendió muy temprano que quien agrede casi siempre carga sus propias frustraciones y que responder con la misma violencia solo perpetúa ese círculo. Prefiere debatir argumentos antes que personas. Cree que las ideas deben enfrentarse con razones y no con insultos. Es una filosofía que intenta aplicar todos los días, incluso cuando los ataques provienen de figuras públicas o de personas que alguna vez hicieron parte de su propia vida.
Pero el episodio que cambió definitivamente su rumbo ocurrió dentro de su casa. Su padre, fotógrafo y publicista, llegó a la edad de pensionarse sin completar las semanas necesarias para acceder a una pensión. Lo que parecía una noticia desalentadora terminó convirtiéndose en una oportunidad inesperada cuando recibió la devolución de sus aportes. Ese dinero permitió pagar el primer semestre de Derecho en la Universidad del Rosario, una universidad con la que ella soñaba desde que estaba en el colegio y que parecía imposible para una familia de estrato dos. Su madre hizo enormes esfuerzos para ayudarle con los siguientes semestres y, más adelante, ella consiguió una beca que hoy le permite estudiar no solo Derecho sino también Historia.
Ese episodio familiar despertó una pregunta que terminaría cambiándole la vida: ¿por qué el sistema pensional funciona así? Lo que comenzó como una inquietud personal terminó convirtiéndose en años de estudio. Leyó normas, revisó cifras, escuchó expertos y empezó a traducir un tema complejo en un lenguaje que cualquier ciudadano pudiera entender. Sin buscarlo, empezó a construir una comunidad que encontraba en ella algo poco común: una joven capaz de explicar asuntos técnicos con claridad y profundidad.
Así nació también el movimiento No con mi ahorro, desde donde empezó a defender la protección del ahorro pensional de los colombianos. Lo hizo convencida de que detrás de cada cifra existen historias familiares como la suya. Poco a poco su voz comenzó a ganar espacio en el debate nacional hasta convertirse en una de las referentes más visibles cuando el país discutía la reforma pensional. Su trabajo llamó la atención de distintos sectores políticos y terminó acercándola a Abelardo de la Espriella, con quien encontró coincidencias sobre ese tema específico. Sin embargo, insiste en que su papel seguirá estando en la sociedad civil. No quiere que la vean como una funcionaria ni como alguien que llegó a buscar un cargo. Su apuesta es seguir ejerciendo independencia para defender las ideas que considera correctas.
Fuera de la política aparece una Jérome completamente distinta. La joven que disfruta caminar por el centro histórico de Bogotá porque allí siente que está buena parte de la esencia del país. La hincha apasionada de Atlético Nacional que no esconde su amor por el fútbol. La que puede pasar horas escuchando a Silvio Rodríguez, Joaquín Sabina o Pablo Milanés simplemente para admirar la forma en que una guitarra puede contar historias. La que aprendió a tocar ese instrumento por curiosidad y todavía sueña con dedicarle más tiempo cuando las responsabilidades se lo permitan.
Apenas tiene veinte años y todavía le queda mucho camino por recorrer. Sin embargo, ya deja una enseñanza que trasciende cualquier discusión política. Su historia demuestra que las grandes causas casi siempre nacen de experiencias profundamente personales. Que una niña que alguna vez fue señalada por ser diferente puede terminar convirtiéndose en una voz escuchada por millones. Y que, a veces, las heridas más difíciles de la infancia son las mismas que enseñan a resistir cuando llegan los desafíos de la vida adulta.
Esa es, quizás, la verdadera historia de Jérome Sanabria. No la de la joven que habla de pensiones. Sino la de una mujer que decidió convertir cada obstáculo en una razón más para prepararse, estudiar y demostrar que la edad nunca será un límite cuando el conocimiento habla por sí solo.
