Cada 4 de abril se conmemora el Día Internacional de Sensibilización sobre el Peligro de las Minas Antipersonal, una fecha creada por la Asamblea General de la ONU en 2005 para llamar la atención sobre un problema que no desaparece cuando termina la guerra. Porque los combates pueden cesar, los acuerdos pueden firmarse y los ejércitos pueden replegarse, pero las minas quedan. Y siguen matando, mutilando, desplazando y sembrando miedo durante años.
La razón de fondo por la que existe esta conmemoración es simple, aunque brutal. Las minas antipersonal y otros restos explosivos de guerra convierten caminos, cultivos, escuelas y veredas enteras en lugares de riesgo. No distinguen entre un combatiente y un niño, entre un soldado y un campesino. Por eso la ONU decidió fijar una jornada específica para recordar que la acción contra minas no es solo un asunto militar o técnico, sino también humanitario. Implica salvar vidas, despejar territorios, acompañar a las víctimas y permitir que comunidades enteras vuelvan a moverse con seguridad.
La efeméride nació, además, para mantener presión política sobre un problema que muchas veces pierde visibilidad cuando deja de ocupar titulares. Las labores de desminado suelen ser lentas, costosas y silenciosas. No producen el impacto inmediato de una gran operación militar, pero cambian de forma directa la vida cotidiana de miles de personas. Un territorio libre de minas no solo reduce el riesgo de muerte o amputación. También permite volver a sembrar, ir a la escuela, abrir una trocha, llevar ayuda humanitaria o regresar a una casa abandonada por miedo. Esa es la dimensión que la ONU ha intentado poner en primer plano cada 4 de abril.
La vigencia de la fecha se explica también por las cifras. El Landmine Monitor 2025 reportó 6.279 personas muertas o heridas en 2024 por minas y restos explosivos de guerra. En los casos en que se pudo establecer la condición de la víctima, el 90 % eran civiles. Los niños siguieron siendo uno de los grupos más golpeados, con al menos 1.701 víctimas menores de edad, equivalentes al 46 % de las víctimas civiles cuya edad pudo determinarse. No es un problema del pasado ni una herencia ya resuelta de viejos conflictos. Sigue siendo una amenaza activa en distintos países y, sobre todo, para población que no participa directamente en la guerra.
En Colombia, la fecha tiene un peso particular. El país sigue cargando una de las historias más dolorosas de afectación por minas antipersonal en el continente. La oficina oficial de Acción Integral contra Minas registraba, con corte al 24 de marzo de 2026, 12.673 víctimas por minas antipersonal y munición sin explosionar. A eso se suma una advertencia de Naciones Unidas en Colombia sobre el riesgo persistente en decenas de municipios, donde la presencia de artefactos explosivos sigue limitando la movilidad, el acceso a bienes básicos y el retorno seguro de comunidades.
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Por eso el 4 de abril no funciona como una efeméride decorativa. Lo que busca es recordar que la guerra deja efectos que continúan mucho después del último disparo. También insiste en algo que suele olvidarse en la discusión pública. La paz no depende solo de silenciar los fusiles. Depende, entre otras cosas, de que una familia pueda caminar sin miedo por un sendero, de que un niño pueda cruzar un potrero sin jugarse la vida y de que una comunidad pueda volver a su territorio sin encontrar en el suelo una amenaza invisible.
Este 2026, Naciones Unidas enmarcó la jornada bajo el lema “Invertir en paz, invertir en acción contra minas”. La frase resume bien el sentido de la fecha. No se trata solo de recordar a las víctimas, sino de insistir en que el desminado, la prevención y la asistencia no son tareas secundarias. Son parte de lo que hace posible que una guerra termine de verdad.
